Una perspectiva del siglo XXI para los derechos humanos, por Iván Petrella

El paso del tiempo y los cambios políticos, culturales y demográficos obligan a las nuevas generaciones a repensar esquemas heredados y adaptarlos a un presente que llega con nuevos desafíos. Por eso, a más de tres décadas del fin de la última dictadura militar, y con el auge de una nueva generación que siempre disfrutó de la democracia, vale la pena volver a pensar el marco dentro del cual se dan algunas discusiones en torno a los derechos humanos. Para este tema tan sensible, propongo un marco conceptual con tres ejes: empatía, democracia y futuro.

El primer elemento es la empatía. En Alemania, antes de recorrer algunos campos de concentración, le piden al visitante que elija una persona con nombre y apellido que estuvo ahí. La idea es que camine imaginando lo que vivió y sintió, lo que vivieron y sintieron sus familiares: que haga un esfuerzo para identificarse con el sufrimiento de otro ser humano. Los detalles de la “macrohistoria” del conflicto siguen presentes, pero el énfasis recae en intentar conectar con el mundo íntimo de la persona que sufrió la atrocidad en carne y hueso.

Decir que nuestro país mantiene una deuda enorme con la verdad sería injusto. No es poco lo que hemos logrado. Pero aún hay baches grandes. Tres décadas pueden parecer mucho tiempo, pero son poco si se considera que muchas de las personas que participan de la conversación sobre los derechos humanos perdieron seres queridos en ese momento. Todavía muchos militares creen que actuaron con responsabilidad en medio de “una guerra” y no pedirían perdón al familiar de un desaparecido. Quienes integraron grupos armados, salvo poquísimas excepciones, siguen justificándose como idealistas y luchadores por un mundo mejor y tampoco pidieron perdón a los familiares de sus víctimas. Y los dirigentes que tuvieron responsabilidades pocas veces se hacen cargo de esos años.

El punto de partida para desatar este nudo gordiano debe ser la empatía. Empatía, por ejemplo, con la Madre de Plaza de Mayo Hebe de Bonafini, quien sufrió la desaparición de dos hijos, Jorge Omar y Raúl Alfredo. Empatía con la familia del militar Lambruschini, que perdió a su hija Paula, de quince años, por una bomba de Montoneros, y con la familia de Margarita Obarrio de Villa y Ricardo Álvarez, que no eran ni militares ni pertenecían a ninguna organización, pero que murieron a raíz de la misma bomba. Con Claudia Rucci, que tenía cinco años cuando Montoneros asesinó a su padre. Su familia trató de esconderle la muerte no bien llegó a su casa, pero ella se metió de casualidad en un cuarto que tenía un televisor prendido en el noticiero y se puso a llorar sola frente a la pantalla. Sin el primer paso de identificarse con el dolor ajeno, cualquier otro paso será difícil. Solamente en el esfuerzo de la empatía puede encontrarse un terreno fértil para construir convivencia.

Esto lleva al segundo elemento del marco conceptual: la democracia y la profundización de nuestra cultura democrática. Hoy disfrutamos del período democrático más largo de nuestra historia, pero durante más de medio siglo XX la Argentina tuvo enormes dificultades para consolidar un orden democrático. Desde 1930 sufrimos seis golpes de Estado y una participación activa y disruptiva de las Fuerzas Armadas en la vida política del país. En los 70, la falta de consolidación democrática mutó a un desprecio absoluto por la democracia. Desprecio en los grupos armados que atentaban contra el gobierno elegido por voto, desprecio en la respuesta paramilitar del gobierno y, finalmente, la extinción total de la democracia con la dictadura que se llevó la vida de miles de inocentes y con la que el Estado rompió la moral y la ética básicas de cualquier sociedad civilizada. No hay nada más terrible en la historia del país que la decisión gubernamental de implementar un plan sistemático de desaparición de ciudadanos, al margen de la ley.

Hoy, afortunadamente, la democracia como forma de gobierno se encuentra consolidada. Pero todavía hay desafíos y para enfrentarlos hay que trabajar sobre las conductas y las actitudes ciudadanas que hacen a la cultura democrática. El fortalecimiento de la libertad de expresión es uno de estos desafíos, asociado con la capacidad de discutir sobre argumentos e investigaciones históricas y científicas, y no sobre ataques ad hominem. En lo que refiere a los derechos humanos, la discusión no debería ser nunca partidaria ni regirse jamás por el ritmo frenético de la cultura del espectáculo y el escándalo, pero eso no equivale a negar toda conversación al respecto. A mí, personalmente, me incomodan las limitaciones estatales a la libertad de expresión, y encuentro más virtud en la limitación que la propia sociedad madura puede hacer de esas expresiones en su propia dinámica.

Resta un tercer elemento del marco para la discusión de los derechos humanos: el que refiere al futuro. Mirando hacia el pasado, la dictadura aparece como el espejo trágico sobre el cual se moldea la democracia moderna de nuestro país. Es nuestro relato de origen, y en eso define una realidad que debemos abrazar orgullosos: el hecho fundacional de nuestra democracia son los derechos humanos. Sin embargo, en este aspecto, y como sucedió con casi todas nuestras políticas públicas, la tarea estatal fue errática y cambiante. En los ochenta con Raúl Alfonsín vivimos los juicios a la cúpula militar, jefes guerrilleros e integrantes de la Triple A y las sanciones de las leyes de obediencia debida y punto final. Siguió la búsqueda forzada y fracasada de unidad nacional mediante los indultos de Carlos Menem. Y en el kirchnerismo fueron las nulidades de las leyes de los ochenta y la reapertura de los juicios sólo para los militares.

El resultado de estos vaivenes es un coro insatisfecho de voces que mira casi exclusivamente hacia atrás. Es muy probable que las nuevas generaciones crecidas en democracia aporten nuevas visiones de nuestra historia trágica. Traerán sus puntos de vista, sus matices. Pero también tenemos certeza de que tendrán que hacer frente a nuevos y complejos desafíos, como el cambio climático, la migración de los pobres y desempleados hacia las ciudades, la manipulación de la vida misma a través de las tecnologías de ADN y genética y toda una serie de otras preguntas que también tienen que ver con el respeto a los derechos humanos en este siglo.

El paso del tiempo no se detiene. Se impone la necesidad de incorporar nuevas miradas y nuevas generaciones a las viejas discusiones. El marco que propongo permite abordar los setenta teniendo en cuenta no sólo investigaciones históricas, científicas y judiciales, sino el sufrimiento de las víctimas. El dolor no es propiedad exclusiva de nadie. Pero, a la vez, las nuevas generaciones tienen el deber de enfrentar otras discusiones que también hacen a los derechos humanos. El mandato de origen de nuestra democracia moderna exige dar estas respuestas, porque sin democracia no hay derechos humanos y sin derechos humanos no hay democracia.

(Publicado originalmente en La Nación el 24/2/2017 y reproducido con permiso del autor).